Lazaro Fino Galindo fue llamado a la presencia de Dios rodeado de su familia el 7 de Mayo de 2026.
“Lalo” nació el 1º de Abril de 1938 en Ojinaga, Chihuahua, México, a sus padres Leonor (Fino) y Antonio Galindo. Criado en un pequeño rancho, comenzó a trabajar a los nueve años, desarrollando la resiliencia, la determinación y la inquebrantable ética de trabajo que definirían su vida.
A la edad de 14 años, Lalo comenzó a viajar de ida y vuelta a Barstow, Texas, para trabajar en los campos de algodón, iniciando una vida marcada por el sacrificio, la perseverancia y la dedicación de brindar un mejor futuro a su familia.
Lalo conoció en su infancia a quien se convertiría en su futura esposa, Manuela Zúñiga. Sin saberlo, la vida que conocieron desde niños sería la raíz en el fundamento de su futuro. Ambos contrajeron matrimonio el 22 de Noviembre de 1963 en la Iglesia de Nuestro Padre Jesús en Ojinaga, comenzando una vida juntos cimentada en el amor, el sacrificio y la devoción.
Mientras comenzaban a formar su familia, Lalo continuó trabajando como jornalero y en la despepitadora de algodón en McCamey y Midland, Texas, así como en Hobbs, Nuevo México. En 1966 dieron la bienvenida a su primer hijo, Arturo, seguido de sus tres hijas, Emma (1967), Martha (1968) y Belia (1970). Juntos establecieron su hogar en Odessa, Texas, donde Lalo dedicó 25 años de arduo trabajo al Union Pacific Railroad, ayudando a construir y mantener las vías ferroviarias que conectaban comunidades a lo largo de la región.
Lalo llevó la misma ética de trabajo incansable que definió su vida al hogar que construyó y a la vida de sus hijos. Prestó sus manos para ayudar a construir cada una de sus casas, creando un lugar donde generaciones de familia puedan permanecer unidas. En su tiempo libre, cultivaba caña de azúcar y maíz, además de sembrar chile, sandías, melones y cantidad de otras cosechas. Durante los meses en que las cosechas descansaban, el terreno se convertía en un campo de juego donde sus nietos pasaban los días explorando, andando en bicicleta y cuatrimotos, jugando béisbol, aprendiendo a montar caballos, burros, y chivas, cuidando gallinas, nadando en el abrevadero, aprendiendo a manejar y disfrutando juntos de largos veranos. A Lalo le encantaba el aire libre y creó un espacio que también invitó a sus nietos a amar esa vida.
Descrito por su esposa e hijos como humilde, trabajador y generoso, Lalo fue desinteresado, confiable y ocurrente. Vivió su vida con integridad y enfrentó las dificultades con fortaleza silenciosa. Una de las lecciones más grandes que Lalo inculcó en sus hijos fue siempre mantenerse humildes, conduciéndose con la misma dignidad silenciosa y humildad con la que él vivió su propia vida. Lalo era un hombre dadivoso que nunca esperaba nada a cambio. El trabajo de su vida se convirtió en el fundamento del futuro de su familia. Él fue su héroe.
Entre las alegrías sencillas que más disfrutaba Lalo era raspar boletos de lotería. Los empleados de la tienda de la esquina llegaron a esperar sus visitas diarias, y durante muchos años la suerte lo acompañó. Bromeaba que la suerte no se transfería a otras personas, porque nunca ganaba cuando los boletos eran regalo.
Lalo pasó su vida trabajando para poder proveer por su familia, pero también ayudando al prójimo, y al hacerlo deja un legado de sacrificio, resiliencia y amor que su familia llevará con orgullo por generaciones.
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